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Las guerras de Numancia Imprimir

Soria, 153 a. de C.

En el año 153 antes de Cristo se comenzaron a sembrar las semillas infaustas de la guerra Numantina. Numancia, honor eterno de España, y oprobio de Roma, estaba en los Pelendones, según Plinio, y según Tolomeo en los Arévacos. Sus escasos vestigios se ven a una legua de Soria, en el término municipal de la localidad de Garray. Estaba fundada sobre un collado: pero con pocas defensas, a excepción de un pequeño alcázar. Su circuito era de tres mil pasos. Esta lamentable guerra tomó principio por Segeda, ciudad de los Arévacos según Estrabón (1).

Segeda era bastante populosa y su circunferencia de cerca de dos leguas y por consiguiente mayor que Numancia. Era una de las ciudades Celtibéricas que habían contraído paz y alianza con Roma por medio del Pretor Gracco. Pero por lo que pudiese dar el tiempo, tenía también amistad con los pueblos confinantes y no se olvidaba de reforzar sus muros.

Al ejemplo de Segeda, y aun de su orden, se fortalecían igualmente los pueblos comarcanos, en especial unos que Apiano llama Tittos (2). Sabidos los romanos de estos apercibimientos, enviaron a Segeda y a las ciudades aliadas sus embajadores, mandándoles que pagasen a Roma los tributos impuestos por Gracco. Mandábanles igualmente que armasen cierto número de ciudadanos y los enviasen al ejército romano, para darle auxilio en sus expediciones militares de España.

Respondieron que Gracco no les había prohibido fortificar sus muros, sino sólo fundar nuevas poblaciones muradas. En orden a los tributos y milicia decían ser exentos, porque el mismo Senado romano los había hecho inmunes. Todo era verdad: pero la tiranía de Roma pocas veces oía reconvenciones cuando tenía fuerzas para burlarlas. Desde luego, resolvió el Senado hacerse obedecer en lo que pedía de los Segedanos, pero conociendo que para el empeño no bastaba ejército pretoriano, enviaron al Cónsul Q. Fulvio Nobilior con un ejército de 30.000 hombres. Ni por esto dejaron de enviar también Pretor anual (que esta vez fue L. Mummio quien después destruyó a Corinto), que sucediese a Calpurnio en la España Ulterior y reparase los menoscabos padecidos en la guerras con Púnico y sus Lusitanos.

No dudando los segedanos que la nube descargaría sobre ellos, procuraban apercibirse lo más que podían, pero como la obra de los muros estaba muy atrasada, determinaron abandonar la ciudad y retirarse con sus hijos y mujeres a los Arévacos (3). Recibiéronlos éstos en su ciudad, y nombraron caudillo del ejército combinado a Caro, ciudadano de Segeda. Tenida noticia de que no se hallaba ya lejos el Cónsul romano, sacó Caro a campaña su ejército que constaba de 20.000 infantes y 5.000 caballos, fuerzas muy inferiores a las romanas. Se emboscó en un paraje por donde había de pasar el enemigo; llegado allí lo acometió con tanta resolución y valentía que le puso en huida, dejando tendidos 6.000 romanos en el campo de batalla. Pero falto de disciplina militar no supo aprovecharse de la victoria. Creyendo que no quedaba cosa que temiesen, empezaron los nuestros a desunirse y seguir el alcance sin el orden necesario. Dieron lugar a que la caballería romana reintegrase la pelea; y aunque fue larga y reñida quedaron vencidos los españoles, muriendo casi otros 6.000 y Caro con ellos. Esta batalla fue el día 19 de agosto de este año 153 antes de Cristo. La noche que sobrevino dirimió la pelea, y en la noche misma se metieron los españoles en Numancia. Nombraron luego dos Generales: Ambón y Leucón.

Tres días después de la batalla se puso el Cónsul con su ejército a una legua de Numancia con nuevo socorro de 300 caballos Numidas y 10 elefantes que Masinisa enviaba. Pasó después a las inmediaciones de ella, dispuso a su gente en orden de batalla y a los elefantes detrás. No se detuvieron un instante los nuestros: cargaron sobre los enemigos sin conocer el miedo ni temer la muchedumbre. Comenzada la batalla, dio Fulvio salida a los elefantes contra nuestros numantinos. Atemorizándoles, no poco, bestias tan crecidas y feroces, pero fue mayor el espanto de los caballos, que huyeron de animales que nunca habían visto, y fue preciso retirarse a la ciudad. Peleóse desde los muros por largo rato, resistiendo briosamente los romanos, hasta que una grosísima piedra que cayó del muro dio sobre la cabeza de un elefante que al dolor del golpe se embraveció contra los romanos, haciendo el más horroroso estrago en las legiones. Los otros elefantes, al oír los bramidos del herido, se le fueron detrás con la misma furia, matando y desordenando los escuadrones. Hubieron de salvarse de ellos en el campamento y abandonar el campo. Se aprovecharon de la coyuntura los numantinos. Hicieron una salida contra los romanos siguiéndolos hasta sus campamentos. Les mataron 4.000 hombres, atraparon 3 elefantes y tomaron muchas banderas; pero perdieron 2.000 de los suyos.

No quiso por entonces el Cónsul volver a Numancia. Marchó a combatir la ciudad de Axeinio (5), que al parecer no estaba lejos y era mercado y emporio de aquella comarca; pero fue rechazado y tuvo que retirarse de noche a su campamento con pérdida de reputación y soldados. Se hallaba falto de caballería; envió a los pueblos aislados un soldado llamado Bieso (debía ser Centurión o Tribuno), para que reclutase la gente que pudiese escoltado de una compañía de caballos. Lo supieron los españoles: salieron al camino y, trabada pelea, murieron muchos romanos y Bieso con ellos. Los demás huyeron a uña de caballo. Divulgadas por el contorno estas pérdidas de los romanos, se unió a los celtíberos la ciudad de Ocilis (6), donde los romanos tenían sus municiones, víveres y bagaje. Se vio Fulvio precisado a sobreseer de toda empresa lo poco que le quedaba del otoño; y no teniendo por allí ciudad ni pueblo donde acantonarse para el invierno, tuvo que hacerlo en el campo de Numancia del mejor modo que pudo, cercando de trinchera, foso y vallado los cuarteles. El desabrigo en parajes naturalmente fríos, la falta de vituallas y otras necesidades que padecía su gente, le acarreó mucho trabajo y mortandad.



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