Relatos
Relato: El proceso a los Caballeros Templarios en Francia y España |
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| Relato: El proceso a los Caballeros Templarios en Francia y España |
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Hoja 1 de 22 Felipe IV, aproximadamente año de 1660. (Códice existente en la Biblioteca Nacional). Llenas están las historias de las proezas y singulares hechos de los Caballeros de la Orden del Templo; grandes fueron sus riquezas, no menor su fama; de las partes del Oriente, donde tuvo su nacimiento, se extendió a toda la cristiandad, y peleando contra los moros en España adquirieron eterno renombre, igualando el merecido crédito de los que allá en Palestina amparaban a costa de mil peligros a los peregrinos, y defendían de los infieles los lugares santos. De la cumbre del poder, del exceso del favor, de repente cayó al abismo como herida de un rayo esta institución vigorosa. Atribuyeron a sus caballeros pecados abominables, delitos horrendos; largo y penoso fue el litigio, la persecución sin tregua, las dudas muchas, las protestas de inocencia numerosas. Hoy es el día en el cual la historia no ha dado su decisivo fallo acerca de un acontecimiento que pasmó a los contemporáneos, y que las sucesivas generaciones han mirado con grandísimo interés. Ni tampoco le daremos nosotros. Envuelto en misterios anda todavía, y aunque por lo que hace a los Templarios españoles, la historia ha sido más indulgente; personas muy entendidas no quieren reconocer su absolución por los concilios, particularmente a los de Castilla, juzgados por el concilio de Salamanca. De todas maneras, con buena fe y deseo de acertar que vivamente nos anima, expondremos con lealtad las noticias que hemos podido recoger, y que nuestros lectores aprovecharán, sacando de ellas, según su juicio, las consecuencias a que den lugar. Muy grande era la afluencia de buenos cristianos que pasaban a ultramar con el designio de visitar los Santos Lugares en los primeros años que siguieron a su conquista. La gente de Francia era la que con más ardor emprendía tan largo viaje deseosa de su salvación, y esto por haber tenido en Francia su natural asiento las cruzadas, y ser los reyes de Jerusalén franceses, y la mayor parte de los caudillos que defendían con sus huestes aquellas tierras, constantemente combatidas por los infieles. Los peregrinos desembarcaban en el puerto de Jafa, y desde allí hasta Jerusalén pasaban inauditos trabajos y peligros, de los cuales a veces no salían sino con la pérdida de la vida o de la libertad. Reinaba a la sazón en Jerusalén el conde de Edesa Balduino, hermano de Godofredo, y andaban en su corte dos nobles franceses, llamado el uno Hugo de Paganis, y el otro Ademaro o Santo Alejandro. Concibieron éstos el pensamiento, que aprobó el Rey, de unirse a otros siete compañeros para escoltar los peregrinos y romeros que desembarcaban en Jafa con ánimo de visitar los Santos Lugares, libertándolos de las asechanzas de los moros y turcos, que por todas partes los asediaban en su tránsito. Estos nueve caballeros determinaron vivir y morir en tan santo ejercicio, y a las hazañas que tan de continuo hacían en su nobilísima profesión añadieron prácticas devotas, ejercicios loables, propios de la vida contemplativa, por lodo lo cual el abad y canónigos del Santo Templo los admitieron en su compañía con voluntad de su patriarca, y dándoles para su vivienda lugar holgado en el Santo Templo, de donde tomaron el nombre que ilustró la historia. Esto acaecía en el año de 1118. La Regla de San Bernardo En el de 1128, el número de caballeros se había aumentado, y los servicios que hacían a Dios y a los cristianos eran de tanta consideración que ya pensaron el rey y el patriarca en erigir una religión militante con estatutos o constituciones aprobadas por la Santa Sede. San Bernardo constituyó aquella milicia religiosa bajo su regla, y fue aprobada por la santidad de Honorio II en el concilio Tresense. El rey Balduino se dirigió a San Bernardo con tal motivo, como se deduce de la carta siguiente.
Dióles, pues, regla san Bernardo, y por ser de alguna extensión no la transcribimos, bastando sólo para el completo conocimiento de los principios de tan santa milicia copiar la carta que el santo fundador escribió a Hugo, su primer maestre, la cual traducida por Zapater es como sigue:
Imponía la regla a los caballeros la castidad; así se deduce de las palabras de San Bernardo:
Los maestres en Palestina prestaban juramento, con la fórmula siguiente:
Uno de los últimos capítulos de la regla traducidos por Zapater, dice:
El capítulo 55 de la regla admite algunos casados, pero esta misma excepción confirma la regla general.
De manera, que más que Caballeros de la Orden, los casados tenían cierta hermandad, por la que pagaban su pensión, viviendo fuera del convento, sin ninguna de las condiciones que la regla exigía para los verdaderos caballeros célibes y castos. El capítulo 2 de la regla habla del vestido y dice así:
En el año 1153 fue confirmada por segunda vez la orden de los Templarios, y añadiósele al hábito una cruz roja que conservaron hasta su extinción.
Dióse a los Templarios. además de hábito y cruz, bandera o enseña que ostentar en las batallas, simbólica por sus colores como la cruz y el hábito.
Por leyenda llevaba ésta:
De esta suerte, con el nombre de Dios en la bandera, la cruz en el pecho, y el corazón rebosando en pura fe cristiana, los Templarios acometieron empresas honrosas, y fueron terror de los infieles en las partes del Oriente, hasta el punto de verse encomiadas sus hazañas por multitud de escritores, entre los cuales se cuentan el cardenal Vitriaco, Barbosa, y Tamburino; dice el primero:
Tales fueron los principios de la milicia del Templo, y la historia dirá ahora cómo se elevaron por sus trabajos y virtudes a la cumbre de las grandezas humanas, y como por sus vicios y crímenes fueron castigados, con oprobio, humillación, tormentos, y otros crueles castigos.
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